Historias de Vida

A Xavier le quitaron la fuerza

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Por María José Martínez
  • Entre las víctimas que dejó la represión de 2014 en Venezuela se incluyen persona con discapacidad. La historia de Xavier Beckle es un ejemplo de ello.

 

Los hombres se turnaban para golpearlo. Por ser el primero de los detenidos que llegó esa noche a la Plaza Monumental CVG, y encabezar la fila, era el que más puñetazos recibía de la Guardia Nacional. Con precisión seleccionaban la cabeza, la espalda o cualquier otra parte de su cuerpo que estuviera oculta bajo la ropa.

–¿Y éste? –preguntó una funcionaria que vestía de civil–. Ay papá, si tiene el cabello largo, más bonito que una mujer, como una niña. Páseme ahí para cortárselo.

Tomó un cuchillo y empezó a destajarle la larga melena. Era como si los filisteos volvieran a lanzarse sobre Sansón para despojarlo de su fuerza. Aquella mujer, al igual que Dalila, conspiró para verlo caer y cortó la única arma de defensa que él creía que tenía.

Su inmensa humanidad, de 1.88 metros, se hizo pequeña. El jalón de pelo y el vaivén de la navaja sacudieron sus sentidos. Un chillido le retumbó en la mente, a la que intentaba aquietar en silencio como quien espera una sentencia, mientras la militar tiraba al suelo los cabellos que durante cuatros años Xavier dejó crecer con perseverancia. Eso le dolió incluso más que los cachazos que le dieron.

Permaneció tan quieto, que sus gestos calmados lo mostraban como un hombre frío, duro, que distaba mucho de lo que él era. Él veía el mundo desde esa caja de cristal que es el síndrome de Asperger.

–Sentí rabia, una impotencia muy grande. ¡Qué carrizo había hecho yo para que me estuvieran cortando el pelo!

Dejarse crecer el cabello formó parte de sus primeras decisiones como adulto al entrar en la universidad. No solo por el hecho de que ya no quería cortarlo sino porque se convirtió en su medio de defensa.

–Cuando uno va por la calle y se suelta el pelo mete miedo, nadie se mete contigo.

Se halló desnudo sin ese símbolo de libertad, de independencia y de fortaleza. Enmudeció.

–Estaba consciente de que si me ponía agresivo sería peor.

Lo que le sucedió a este estudiante de 22 años de edad, Xavier Beckler, en la Plaza Monumental CVG, en la ciudad de Puerto Ordaz, no fue distinto a otras detenciones ocurridas en Venezuela durante el año 2014.

Cada ciudadano detenido y posteriormente presentado en tribunales o llevado al hospital, según el caso, fue marcado con la huella de la disidencia. Hay quienes una bala de perdigón a quemarropa les impide ahora caminar. Los que desconocen su rostro en el espejo, después de recibir una patada o una bomba lacrimógena.

Los que perdieron partes del cuerpos por perdigones. Los que fueron rociados con gasolina. También el que soportó que lo violaran con un fusil, luego de que lo obligaran a arrodillarse. A la que dejaron casi inconsciente con un casco de la Guardia del Pueblo. Al que le dieron descargas eléctricas en la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), y aquellos que, en el peor de los casos, murieron por salir a protestar o por encontrarse en el lugar y el momento equivocado.

Muchos con amenazas, humillados y señalados por la justicia venezolana como delincuentes, engrosan una lista creciente de denuncias ante la Organización de las Naciones Unidas, los informes de Amnistía Internacional, Human Rights Watch y otras organizaciones que responsabilizan al Estado venezolano por presuntas violaciones a los derechos humanos, cometidas durante las manifestaciones de 2014, un año en el que sobrepasaron las 3 mil personas detenidas por participar en manifestaciones públicas, de acuerdo con datos del Ministerio Público en Venezuela.

El secuestro

Poco después de las 10:00 de la noche, Xavier salió del coro musical del que forma parte, rumbo al sector Alta Vista, en Puerto Ordaz. La rutina la cumple cada miércoles desde que canta con el grupo Vocal 9, perteneciente a la Universidad Católica Andrés Bello, donde también estudia ingeniería en informática.

Coro musical estudiantil del que Xavier formó parte. Cortesía.

Al llegar a su residencia, en el edificio Monte Carmelo, se encontró con sus vecinos. Afuera, a tres cuadras de su casa, se escuchaba a los manifestantes que alzaban su reclamo contra el gobierno.

La conversación fue interrumpida por el conserje, quien se acercó para
advertirles a los vecinos que el tablero del edificio se había recalentado. Sacó el teléfono para escribirle un mensaje a su madre y preguntarle por el número de los bomberos.

–Dile a tu hermano que no lo tengo, porque perdí los números – le mandó a decir la madre–. Y que suba, que no se quede por ahí donde están las protestas.

–Ya voy para allá –contestó Xavier por mensaje de texto.

Marlenis Sánchez, de 50 años de edad, trabajaba en su computadora, mientras su esposo y su hija menor disfrutaban de la televisión. El mensaje, sin embargo, la dejó intranquila.

Se levantó para asomarse a la ventana. Desde el balcón de su apartamento pudo ver a Xavier dentro del edificio, al tiempo que se intensificaba la agitación de quienes manifestaban quemando cauchos para cerrar las vías.

“Nos asomamos a la reja y la abrimos. De la nada aparecieron un
montón de personas que empezaron a sacar sus armas apuntando”,
recuerda Xavier.

El enjambre humano y armado vestía de civil. Algunos salieron de los arbustos, trepando casi por las rejas.

–Quieto, quédate ahí. Si te mueves te mato –le dijo uno de los hombres a Xavier. Sacaron las armas y comenzaron a golpear a la gente. La sensación de una brisa helada –esa que se siente cuando nos atrapa el miedo– invadió su cuerpo. Su corazón se agitó y las piernas se le inmovilizaron ante la autoridad de la pistola.

La llegada de los civiles armados fue precedida por una ráfaga de tiros y el paso de las tanquetas que hicieron palidecer a Marlenis. Junto a su esposo, corrió por  las escaleras con la ropa que se había puesto para dormir.

El mundo se le hizo pequeño a Xavier. Sus vecinos corrieron aterrados por la presencia de aquellos hombres armados que invadieron el edificio Monte Carmelo. Xavier, por el contrario, quedó sin escape. Las dos operaciones en el fémur y los 14 clavos que tiene incrustados en las piernas, producto de un accidente que sufrió en la niñez, le impidieron correr.

“Si me muevo, me dispara”, pensó. “Mejor me quedo aquí”.

El primer golpe lo recibió en la espalda. Le seguirían más. Eran cinco hombres que luego lo arrojaron a la parte trasera de una camioneta pickup negra.

“Cónchale me están secuestrando, ¿Qué es esto?”, se dijo. Sin titubear se lanzó desde el vehículo en cuanto bajó la velocidad. La caída le acentuaría los dolores en el cuerpo, ahora también lacerado por el pavimento.

Apenas se recuperaba del golpe, cuando lo obligaron a subir de nuevo a la camioneta. Esta vez, el rostro sobre la rodilla y la pistola en la frente. El viaje a la plaza transcurrió entre insultos y amenazas que prometían hacerlo desaparecer.

–Al llegar me siguieron golpeando. Cada vez que agarraban a alguien nos pegaban a todos, a mí de primero. Me di cuenta de que quienes me secuestraron eran funcionarios. Sí, porque eso fue un secuestro. Jamás pensé que nos llevarían allá porque había gente protestando en la calles.

El 19 de febrero de 2014 la Guardia Nacional Bolivariana tomó como “base preventiva” la Plaza Monumental CVG. Ese día ocurrió el primer enfrentamiento entre manifestantes y funcionarios encargados del orden público en el estado Bolívar. En este centro de operaciones improvisado se coordinó el Plan Patria Segura, según afirmó el general de división Luis Arrayago, jefe del Comando Regional N°8.

La presencia militar de las tanquetas y de los hombres verdes se extendió hasta el sector Alta Vista y las adyacencias de la plaza.

“Yo no estaba protestando. Me agarraron frente a mi casa”, se
decía para tranquilarse. “Seguro me sueltan más tarde”. Pero con el
pasar de las horas llegaban más detenidos.

–Eso me hizo pensar que me quedaría preso. Sin saber de él, a pocos metros, su madre rogaba al “comandante Chirinos” que le diera noticias de su hijo. Los esfuerzos fueron inútiles.

Nada conmovió al militar que se negó a darle información. Cuatros jóvenes esposados con las trenzas de sus propios zapatos acompañaban a Xavier en la camioneta, donde a él lo ataron en los tobillos. Eran las primeras de las nueve personas que fueron arrestadas al azar entre el día 30 de abril y la madrugada del 1º de mayo de 2014, en la avenida Paseo Caroní.

Esa noche, una jornada más de protestas desde el 12 de febrero de 2014, la población fue sorprendida por hombres armados, sin uniformes y en algunos casos encapuchados, que recorrieron las calles en vehículos sin placas. A su paso se llevaron –y robaron– a los que salieron a comprar pan, a los que conversaban en las entradas de sus edificios, a uno que otro curioso y a los que llegaban a su casa luego de trabajar o de estudiar, como Xavier.

En las primeras horas de la madrugada, los nueve detenidos, entre los que se encontraba un adolescente, fueron trasladados hasta el Comando 88. Al bajarse del vehículo, Xavier sintió que los dolores de la golpiza comenzaban a florecerle en el cuerpo. Se inquietó. Su cuerpo se resentía por los efectos de la caída. Uno de los más visibles lo tenía en el ojo, morado e hinchado por el hematoma.

Había recibido recurrentes puños y algunos cachazos de la guardia.
–No me puedo mover con los tobillos amarrados –le dijo al funcionario
que lo vigilaba–. No puedo caminar, por favor suélteme las
trenzas.

Durante su detención Xavier fue golpeado en diversas ocasiones por los cuerpos de seguridad. Cortesía.

El ardor le crecía en los tobillos cocidos por el roce de los cordones de sus zapatos.

–¡No, no, no!, yo no te voy a soltar nada, camina, muévete. Siéntate
ahí.

Así permaneció en el largo pasillo de la comandancia. Y con él, otras ocho personas más detenidas. Luego del cambio de guardia durmió durante un par de horas. Un mayor del comando ofreció llevarlo al hospital militar para limpiarle las heridas que le supuraban la piel, mientras a las afueras del lugar, Marlenis, su madre, suplicaba con lágrimas al militar que le permitiera ver a Xavier.

Mi mundo es el mundo

Se puede decir que quienes padecen de Asperger son los seres más honestos que existen en el planeta, porque parecen niños. No entienden ironías o chistes de doble sentido.

Para ellos las palabras son literales y el mundo se muestra tal y como es. Es como si vivieran dentro de una caja de cristal, ausentes del exterior.

Paradójicamente suelen ser seres brillantes en las áreas donde se desarrollan.
La humanidad está llena de notables ejemplos como Mozart, Beethoven, Isaac Newton o Albert Einstein, por mencionar algunos.

En esa caja de cristal vive Xavier Beckles desde que le diagnosticaron, a los 3 años y 11 meses de edad, el síndrome de Asperger.

–Desde pequeño he sabido de mi condición pero no me gusta decirlo. Yo no he querido aprovecharme de eso, que me vean y digan: ¡Ay pobrecito!

El problema es que sus extraordinarios talentos también vienen de la mano con debilidades; principalmente, la de relacionarse con su entorno como lo haría cualquier persona.

–Tampoco es que uno es un retardado, ni una lumbrera. La cosa
es que no es fácil relacionarme con las personas, con una pareja. Yo
puedo tener amigos, no me cuesta mantenerlos sino empezar las
relaciones.

Rompiendo el cristal

Xavier se agarraba el cabello negro y espeso una y otra vez. A veces para pasarlo de un lado al otro o para medio sujetarlo. Su mirada parecía estar en los recuerdos con la familia, en sus estudios, en el coro. Repasaba la rutina del día siguiente.

Los ojos grandes y negros se detuvieron en la frías paredes del tribunal, sin entender lo que pasaba a su alrededor, abstraído, con la mirada perdida. Así lo recuerda su abogado durante la audiencia de presentación realizada en dos grupos a los ocho detenidos, entre el 30 de abril y 1º de mayo.

–Señora juez, yo me llamo Xavier Beckles. Mire, yo estaba en la entrada de mi casa. Yo no he hecho nada.

Estudiantes detenidos junto a Xavier durante la audiencia de presentación. A la derecha (el primero) se puede ver a Xavier con la cabeza en las rodillas. Cortesía.

La fiscal del Ministerio Público ni se inmutó por los rostros moreteados que tenía enfrente. Los ochos muchachos fueron acusados por delitos de resistencia a la autoridad, instigación pública, agavillamiento y colocación de obstáculos en vía pública que, entre otras cosas, se basaron solamente en el acta policial que registra el procedimiento del 1º de mayo, que violó las garantías constitucionales y las disposiciones del Código Orgánico Procesal Penal.

“¿Qué? Me estás diciendo que me agarraron a un kilómetro de mi casa. Que estaba poniendo basura en la calle, que tenía 150 morteros en las manos, que cargaba una gavera de molotov. ¡Qué es eso! ni que fuera Superman”, se decía a sí mismo.

Xavier había pasado tres días en una comisaría con presos comunes cuando regresó de los calabozos del tribunal para escuchar la sentencia. La decisión lo sepultó.

Fue como si volvieran a golpearlo, pero con un balde de hielo sobre su cabeza. La juez no tuvo contemplaciones. Ni siquiera consideró los informes médicos presentados por la defensa para explicar el tipo de autismo que padece Xavier. Con frialdad, ratificó la medida privativa de libertad para todos los detenidos.

Aquel hombre inmenso, de 1.88 metros, se hizo pequeño de nuevo en el banquillo de los acusados, donde lloró desconsoladamente.

–Me quiero ir. Tengo que ir a mi universidad. Mañana tengo examen. Yo quiero a mi mamá, yo quiero irme a mi casa– repetía con la cabeza escondida entre sus brazos y piernas, como el avestruz que se oculta bajo la tierra. Ni los alguaciles ni sus abogados podían calmar su llanto incesante.

–A mí no me gusta que me vean llorar, pero cuando me dijeron que me iban a llevar a Ciudad Bolívar exploté. Aunque uno sabe que no ha hecho nada, no me aguanté que me trataran como un delincuente.

La crisis de llanto de Xavier en el tribunal se extendió por más de una hora. Se hizo una excepción para que sus padres acudieran a la sala y lo ayudaran a tranquilizarse.

La defensa apenas logró que un juez suplente cambiara el sitio de reclusión de la comisaría José Antonio Páez, en Ciudad Bolívar, al Centro de Coordinación Policial Simón Bolívar, en San Félix, un poco más cerca de su casa.

Pronto, la noticia sobre la detención en Puerto Ordaz del estudiante de la UCAB con síndrome de Asperger convulsionó las redes sociales. En Twitter se multiplicaban las voces de ciudadanos pidiendo justicia, a través de la etiqueta #AspergerLibertad, que logró ubicarse en los primeros lugares. De este modo fue que Gabriela Ramírez, entonces Defensora del Pueblo, se enteró de lo  ocurrido; sensibilizada, según recuerdan los abogados de Xavier, porque su hijo también padece de Asperger.

La junta directiva, miembros y colaboradores de la Fundación Asperger de Venezuela (Fundasperven) publicaron un comunicado para rechazar categóricamente la agresión física por parte de las autoridades públicas en contra de Xavier. Y los estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello, en Guayana, protestaron en la avenida Leofling, para exigir su liberación.

La defensora abogó para que recibiera tratamiento médico en una clínica, además de solicitar la revisión de la medida privativa de libertad, que finalmente le fue otorgada.

Hasta el mes de junio de 2014, otras ochos personas con discapacidades fueron enjuiciadas por participar en las protestas de 2014, según datos de la organización Foro Penal Venezolano.

Hoy Xavier reflexiona:

–Hay cosas que no entiendo, por ejemplo, por qué tanto ensañamiento, esa predisposición hacia todo el que agarran. A menos que los veas en el acto, pero si sabes que alguien está en la calle, por qué lo vas golpear.

El joven no cesa en su empeño de graduarse de ingeniero, hacer un posgrado, vivir en Europa, pero dice que perdió los deseos de hacer dinero e invertirlo en su país. De caminar por ahí, sintiéndose libre, de ser independiente, de volverse a sentir fuerte.

Aunque el cabello comenzó a crecerle de nuevo, su andar es diferente. Camina como aquel Sansón al que un día los filisteos le despojaron de su fuerza.


Esta crónica pertenece a la colección de textos publicados por la Fundación Bigott en 2014.
Su reproducción es un recordatoria a la historia de violación de derechos humanos que se vive en Venezuela.