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Los pepenadores “bolivarianos” sobreviven entre el hambre y la miseria

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Por Jesús Matheus Linares /Fotos: Alfredo Coronas Buil

Caracas está convertida en una urbe llena de basura por doquier, donde el hambre y la miseria compiten en cada uno de los contenedores que, como enormes cestos de recolección de desechos, están apostados en diversos puntos de la ciudad.

Y es allí, donde comienza la “cosecha de la llamada revolución bolivariana”, donde han surgido de la noche a la mañana, legiones de “pepenadores” como en México se les llama a las personas que viven de la recolección de desechos.

Estas personas buscan el sustento diario recogiendo las “sobras” de alimentos lanzados al cesto.

Un trabajo diario

Joan González tiene 20 años de edad y tres hijos que mantener. Su hija mayor, Martha de seis años, es la única que asiste a un preescolar en Las Adjuntas, al suroeste de la ciudad. Los otros dos pequeños son: Joancito, de 3 años, y María Emilia, de apenas 1 año.

La familia vive en su humilde vivienda acompañados por Martha Graciela, una joven de apenas 19 años, quien parió su primera hija a los 13 años.

A Joan le ha tocado duro en estos 20 años de “revolución bolivariana”; pese a que le llega la caja de alimentos CLAP que distribuye el gobierno en su barrio, tiene que salir de lunes a viernes a revisar los contenedores de basura en el centro de Caracas para conseguir algo de comer para los suyos.

Su zona de trabajo está en la esquina de Cipreses, justo al lado de la estación del Metro de “Teatros”. Allí se encarga de clasificar los desechos entre cartones y envases de plástico por lo que percibe una módica paga diaria.

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Por cada kilo de cartón le pagan un bolívar soberano y los envases plásticos los vende cerca de los centros que comercializan jabones líquidos y desinfectantes.

En la tarde, cerca de las 4:00 pm, aparece el camión 350 buscando la carga del día. Es el comprador de los cartones que serán llevados a la compactadora de cartones y papel de La Yaguara.

Joan se conforma con los doscientos bolívares soberanos que hace diariamente, cuando “el día está bueno”, si no se lleva unos 50 bolívares soberanos en su bolsillo, además de las cosas que consigue en la basura.

Antes trabajaba de ayudante de un camión que vendía verduras. Apenas pudo culminar el quinto grado. Desde entonces, la calle ha sido su escuela diaria, ahora quiere dejarle un mejor futuro a sus hijos.

Como emprendimiento para el 2019 aspira conseguir un mejor trabajo y, si la suerte le acompaña, estudiar. Se asombra cuando alguien le comenta que su trabajo de “pepenador” es una manera honesta de ganarse la vida.

Buscar para comer

Verónica Duarte, de 38 años junto a su hijo Rafael, de 17 años, hurgan en la basura en búsqueda de un “bocado” de comida que les sirva para paliar el hambre.

Cuentan que recorren todo el centro de Caracas, a la caza de los contenedores de basura de los restaurantes.

“Allí siempre conseguimos algo, un pedazo de pollo, arroz o fideos”.

Son “la corte de los milagros” que merodea el centro de la otrora capital del país petrolero de Suramérica.

Durante el recorrido por la ciudad apareció Winston. Mientras un señor mayor, como de 60 años, se acercaba al contenedor a dejar los desperdicios de un centro de comida rápida, ágil como una gacela en busca de su presa, el joven se lanzó sobre la bolsa de los desechos y cual “fiera embravecida” sacó dos rodajas de pan del interior de la misma.

En cuclillas, como un ave de rapiña devoró el alimento. Es la escena cotidiana de la Caracas del “socialismo bolivariano”, donde la gente más humilde debe vivir escarbando entre la basura para buscar el sustento diario. Es una realidad innegable.